Barcelona tira al suelo el florete y enseña su mejor sonrisa al quitarse la careta de esgrima. Por una vez le ha ganado la partida al poco romántico calentamiento global: ha conseguido un poco de frío para sus calles esta noche. Fondo.
Yan maldice creo, al menos dice que no con la cabeza mientras susurra palabras incomprensibles. Recoge sus mantas malolientes indignado como un niño que acaba de perder su cromo favorito. Está enfadado. Claro que era su deber. Claro que no se va a dejar ganar. Claro que estamos en noviembre y ha de hacer frío. Pero.
Así que hoy decide dar la espalda a La Rambla, a sus borrachos, a su Michael Jackson desmaquillándose, a sus quiosqueros gordos con palillos en la boca, a los pesadísimos jardineros del asfalto, obcecados en regar el pavimento para hacer florecer las semillas perdidas de las ilusiones (¿sí? pues él no piensa que sea cursi, es más, se lamenta de que nadie haya podido escucharlo). Será un poco más difícil dormirse pero bueno, uno tiene su dignidad.
Llega a su parcela, nada menos que en la estatua de Colón. Ríete tú de todos esos rollos de la especulación y la vivienda digna. Se acomoda. Hoy monta su casa móvil cara a la pared. Contará ovejas o bandoleros mejicanos, o lo que sea que cuenta la gente que cuenta cosas. No tarda demasiado en empezar los equilibrios entre el sueño y la conciencia. Son los únicos momentos de la vida en los que uno tiene la suficiente lucidez para entender que está enamorado, o para resolver paradojas de Zenón o para decidir que mejor sería clavarse un Bic en el cuello y escupir sobre un folio el texto más bonito de la historia. Rojo pasión, por una vez tiene sentido. Pero claro, por suerte uno se duerme y a la mañana siguiente no recuerda estas cosas.
Entonces las ve. Sonríen. Las promesas más dulces de sus labios a los oídos de Yan, que no tiene ningún mástil de proa al que atarse. Los guías turísticos, riñonera taparrabos y gorra de publicidad, les acusan de ser ángeles. Podéis decir lo que queráis. Las sirenas convencen a Yan, que sube un metro, dos, cuatro. Flota. Hay palomas dormidas, y hay lunas, y hay poetas despistados, pero Yan no tiene ojos para todo eso. Sube cuesta abajo hasta las sirenas. Cuando llega no hay respuestas, ni soluciones, ni esperanzas, sencillamente porque no hay nada más que la paz que proporciona una estatua a veinte metros de altura. Yan es viento. Pez. Sonrisa. Calma. Luz.
Después, lógicamente, cae.
Sirag.
¿Siempre hay que caer? ¿Por qué? Alguna vez podría Yan quedarse arriba, y vivir allí.
Si tan sólo fuera una vez... Una, sólo una.
los periódicos mintieron vilmente, y dijeron que sucedió así
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=355054&idseccio_PK=1022